La comunidad internacional multiplica sus condenas a las acciones del gobierno de Netanyahu, mientras se acumulan denuncias por violaciones al derecho humanitario.
La guerra en Gaza ha alcanzado un nuevo punto de inflexión. A casi dos años del brutal ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023, que dejó 1.200 muertos y más de 250 personas secuestradas en Israel, la respuesta militar de Tel Aviv ha generado una ola de críticas sin precedentes por parte de sus propios aliados.
Desde Londres hasta Canberra, pasando por Bruselas, Ottawa y Tokio, los gobiernos occidentales han alzado la voz. En una declaración conjunta emitida el pasado 21 de julio, ministros de Relaciones Exteriores de una veintena de países denunciaron que la estrategia humanitaria israelí es “peligrosa, inhumana e ineficaz”. Según cifras difundidas, más de 800 palestinos habrían muerto al intentar acceder a ayuda humanitaria.
“La negativa del Gobierno israelí a permitir el ingreso de asistencia esencial es inaceptable. Debe cumplir con sus obligaciones bajo el derecho humanitario internacional”, sostuvo el documento.
A esto se sumó una intervención del canciller británico, David Lammy, ante el Parlamento en Westminster, en la que repitió las críticas del comunicado internacional. Sin embargo, desde su propio partido —el laborismo— surgieron reclamos más contundentes: exigen el reconocimiento del Estado palestino como paso concreto para frenar la violencia y avanzar en una solución diplomática.
El cerco diplomático y judicial se estrecha
Israel no solo enfrenta el deterioro de sus relaciones exteriores, sino también causas judiciales de alcance global. El primer ministro Benjamin Netanyahu y su exministro de Defensa son objeto de órdenes de arresto emitidas por la Corte Penal Internacional (CPI), acusados de crímenes de guerra. Además, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) tramita un caso por genocidio contra el Estado israelí, denuncia que ha sido rechazada por Tel Aviv como un “libelo antisemita”.
Mientras tanto, el Ejército israelí continúa sus operaciones en Gaza. Esta semana lanzó una ofensiva terrestre sobre Deir al-Balah, una ciudad clave en el centro de la Franja, lo que generó una nueva ola de desplazamientos forzados.
Netanyahu, entre la presión internacional y su crisis interna
El premier israelí encara un escenario cada vez más frágil. El parlamento (Knesset) se prepara para un receso que le dará una pausa ante la amenaza de una moción de censura por parte del ala más extremista de su coalición, que se niega a aceptar un alto el fuego. Pero esa tregua interna es temporal: si cae su gobierno, Netanyahu podría enfrentar un juicio político y el desenlace de su prolongado proceso judicial por corrupción.
Incluso Donald Trump, su histórico aliado, habría manifestado su malestar luego del sorpresivo bombardeo israelí en Damasco, dirigido contra el régimen sirio que el propio Trump había reconocido.
Un posible alto el fuego
Pese a la escalada bélica, crecen las especulaciones sobre un posible cese de hostilidades. Las presiones diplomáticas, la crisis humanitaria y la necesidad de rescatar a los rehenes israelíes aún retenidos por Hamas (se estima que al menos 20 permanecen con vida), empujan hacia una negociación que, de concretarse, podría aliviar momentáneamente el sufrimiento de la población civil.
Sin embargo, como advierte Bowen, el conflicto no terminará ahí. Las raíces del enfrentamiento —que se remontan más de un siglo— permanecen intactas, y el riesgo de una nueva escalada sigue latente.
